Este tema es muy interesante ya que en esta época las personas de la tercera edad se animan cada día mas a buscarse una pareja, ya sea por haber quedado viudo o por haber tomado la decisión de separarse de la anterior pareja.
¿Pero que implica esta decisión para las personas mayores de 60 años?
Uno de los principales motivos para tomar una decisión de esa envergadura puede ser la soledad y mas cuando llegan a cierta edad en donde aún tienen una buena calidad de vida y también en la parte sexual. El ser humano por naturaleza tiende a vivir en compañía y el tema de la soledad lo convierte en un problema ya que muchas familias por ocupaciones tienden a olvidar a los adultos. Sin embargo la sociedad lo pone como algo mal visto y lo juzga como un acto indebido para la vista de los demás. El envejecimiento es una etapa de la vida que también tiene cabida para vivir emociones, sensaciones y necesidades, sin embargo la familia no permite que el adulto tenga opciones para re-encontrar una pareja.
Como se ha hecho costumbre en este blog, he encontrado esta pagina que tiene información muy interesante que nos ayudará a entender mejor este fenómeno. Esta página tomó la información de una sociedad gerentológica de la cual pongo los datos al final del blog.
Amor después de los 65 años <https://www.blogger.com/null><https://www.blogger.com/null><https://www.blogger.com/null>
(Tomado del blog Vivir en Plenitud la Tercera Edad)
La Organización de las Naciones Unidas (ONU) estima que para el 2025 la población mundial de adultos mayores de 60 años de edad o más se duplicará en referencia a las estadísticas que se manejaban en 1995 (unos 542 millones de ancianos en todo el mundo). Se estima que dentro de nueve años existan unos mil 200 millones.
Pese a la tendencia irreversible de envejecer por el que todo ser humano transita, esta organización indica que entre el cuatro y seis por ciento de las personas mayores han sufrido alguna clase de abuso o maltrato, un porcentaje que se elevará en la medida que se incremente el número de ancianos en el mundo.
De allí que la Asamblea General de ONU designara el 15 de junio como el Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez.
Así pues, en este día cada ciudadano tiene la posibilidad de expresar su oposición a cualquier forma de sufrimiento infligido a las generaciones mayores, de la que todos pasarán a formar parte algún día.
Tal como lo subraya Ki-moon, muchos, cuando piensan en el “maltrato en la vejez”, inmediatamente visualizan la figura de un cuidador despiadado que no es bien conocido por la víctima.
Si bien esta situación persiste, es mucho más habitual que los miembros de la familia sean quienes cometen las violaciones físicas, psíquicas y emocionales hacia el anciano. También cuenta el abuso de confianza en cuestiones económicas.
Lo crítico es que por mucho tiempo se ha considerado que este grave
problema social solo pertenece a la esfera de lo privado, convirtiéndolo
en un tema tabú, subestimado y desatendido por las sociedades.
Pero si bien por negligencia intencional o no, o por un acto único o
una acción repetida que causa sufrimiento a la persona de edad avanzada,
o simplemente por la indiferencia ante el abuso cometido por otro; para
la ONU este problema mundial merece toda la atención de la comunidad
internacional, porque afecta tanto la salud como los derechos humanos de
millones de personas mayores en todo el mundo.
“Aunque la
magnitud del maltrato de los ancianos se desconoce, su importancia
social y moral salta a la vista. En tal virtud, exige una respuesta
mundial multifacética que se centre en la protección de los derechos de
las personas de edad”, reseña la organización en su portal en
referencia a un mal que aqueja tanto a países en desarrollo como a
países desarrollados.
El organismo de una vez ha advertido que
hasta tanto los sectores de atención primaria de salud y servicios
sociales de cada país no estén bien dotados para detectar y resolver el
problema, entonces esta tragedia social seguirá perpetúandose y
practicándose en la semioscuridad, moviéndose entre la esfera de lo
privado y lo público, entre las negligencias de las instituciones para
ancianos y las prácticas pasivas y violentas de los familiares que no
saben como tratar a sus personas mayores.
Este mal aqueja tanto a los países subdesarrollados como a los desarrollados. Foto: EFE.
Entre el 4 y 6 por ciento de adultos mayores son víctimas de maltrato.
Las mujeres ancianas son las que peor maltrato reciben. Foto: EFE.
Se tiende a creer que los cuidadores ajenos son los principales maltratadores de los ancianos. Foto: EFE
¿Alguna vez has imaginado qué paso con tus princesas favoritas de
Disney? ¿Cuál fue su historia detrás del: “Y vivieron felices para
siempre”? Pues la artista visual e ilustradora Loryn Brantz decidió
imaginarse a las princesas como lucirían muchos años después y además
creó una historia de lo que había sucedido durante la vida de estos
personajes.
1. Jasmín
Dato curioso: Jasmín y Aladdín tuvieron cuatro
hijos, dos niños y dos niñas. Sus hijos ahora son encargados de varias
organizaciones benéficas.
2. Mulán
Dato curioso: Mulán ahora es embajadora de China.
3. Ariel
4. Aurora
Dato curioso: Después de su retiro, Aurora
se fue a vivir de nuevo a la cabaña de sus hadas madrinas, junto con el
príncipe Felipe. Tienen 10 nietos, que se refieren a ella como “Nana
Roro”.
5. Bella
Dato curioso: Bella decidió abrir la biblioteca de Bestia al público. Ella la dirige.
6. Cenicienta
Dato curioso: Cenicienta y el príncipe Encantador
ahora viven en una granja en Vermont. Cenicienta aún prefiere la
compañía de los ratones a la de los seres humanos.
7. Tiana
Dato curioso: Tiana abrió su propio restaurante, y es muy popular. Ella aún cocina sus famosos buñuelos para sus clientes los fines de semana.
8. Meg
Dato curioso: Lamentablemente Meg murió poco después de filmar Hércules. Una ligera brisa la hizo volar fuera del Monte Olimpo. D.E.P. (Tomado de http://www.okchicas.com)
Ingredientes (para 4 porciones)
400 g de carne picada magra
2 cebollas de verdeo picadas
2 huevos (Un batido y el otro duro)
Perejil, orégano, nuez moscada, sal y pimienta
40 g de pan rallado
200 g de tomates pelados y sin semillas
2 cucharadas de queso Cheddar bajas calorías en hebras.
Procedimiento
Mezclar la carne picada con el perejil, orégano, el queso en hebras, 1
huevo batido, sal, pimienta, nuez moscada y la cebollas picadas con
parte de sus tallos, incorporar el pan rallado y los tomates triturados.
Dar la forma característica, colocando en el medio el huevo duro
restante cortado en cuartos. Cocinar en una asadera con un poco de caldo
en horno moderado.
Y buen provecho.
Por: Plinio Parra. Escritor colombiano Para el viejo Luis
Y pasando Baltasar por Algarrobo, a orillas del río Ariguaní, vio a un hombre meditando bajo un guayacán.
_¿Quién va? _le preguntó el hombre.
_Baltasar, el peregrino, hombre de paz. Y vos, ¿quién eres y qué haces?
_Juan de Ribalta es mi nombre y cuentero soy. Visito el lugar donde fue sembrado el cuerpo de mi abuela, mujer admirable.
Hazme compañía un momento y te contaré su historia.
Y sentándose Baltasar sobre una piedra, le dijo:
_Os escucho, cuentero.
Y dijo Juan de Ribalta:
_Has de saber que quien ahí yace fue la reina de mi clan. ¡Y ocurre algo
fantástico, peregrino! Cada vez que mi lengua invoca la palabra
familia, la vieja resucita en mis entrañas.
Siempre la sorprendo en la cocina, con su eterno cetro de reina
universal entre las manos. Un cucharón de palo. Con ese instrumento de
poder la vi ejercer su gobierno sobre el mundo. Triturar fríjoles
cabecita negra para espesar la sopa. Señalar linderos entre el bien y el
mal. Otorgar responsabilidades. Conferir honores. Espantar los patos de
la hornilla. Acomodar las brasas en el anafe. Voltear los pescados
fritos. Sacar las presas del caldero. Llamarnos, despedirnos y
ampararnos.
En fin, con ese cucharón entre las manos la vi salvando nuestro destino,
endulzándonos los sinsabores y enseñándonos a vivir. Su trono estaba en
la cocina. Según ella, es ahí donde palpita el corazón de todo imperio
familiar.
Decía que bastaba que un hombre y una mujer asaran sus carnes en la
misma parrilla para que hubiera matrimonio. Y creo que tenía razón,
peregrino, porque entre más me refundo en los remotos orígenes de la
planta familiar, más me tropiezo con sus condimentos filosóficos.
Cuando escarbé las raíces del vocablo Hogar me quemé las manos en su
hornilla, porque Fogata fue la voz matriz que engendró y dio a luz los
términos hogar, hoguera y hogareño.
Fíjate que aún mi abuelo, cada vez que hace referencia a los viejos
tiempos de nuestra vereda, expresa que era un pueblo de treinta y tres
fogones. Lo que trasladado significa treinta y tres hogares.
Como la abuela jamás supo ser nada diferente a ama de casa, siempre
utilizó los vaivenes cotidianos para espolvorearnos sus pizcas de
ciencia y cocernos a fuego lento con sus criterios. Segura, como nadie,
de que es el calor de la gallina lo que convierte a los huevos en
pollos.
Entre mi patrimonio espiritual, sin duda, se hallan sus exquisitas
apologías sobre la mesa, elemento del ajuar doméstico que consideraba
más importante que el mismo lecho.
_La mesa es un altar _preconizaba_. Donde se come, se ama.
Recuerdo que una vez mamá cometió la candidez de controvertir esta
opinión y la abuela despedazó su argumento con un cálculo de matemática
elemental. «Saca cuentas, hija mía _le dijo_. El comedor es el sitio
donde el amor nunca fracasa. En él se echan tres polvos diarios de
quince minutos de extensión cada uno, todos los días, hasta la muerte. Y
lo mejor es que, entre más viejo se es, más duran las cópulas. Pero con
la cama sucede lo contrario. En ella se duerme cada vez más hasta que
un día el sueño amanece llamándose muerte».
Quizá por eso acostumbraba decirnos que no hiciéramos el amor sin antes
haber comido, porque era de mal agüero usar la cama primero que la mesa.
Y nos explicaba: «Cuando un hombre y una mujer se devoran a sí mismos
como si ellos fueran la cena, después del coito, sólo hay espacio para
el adiós».
Sostenía que un hogar era un sentimiento que se debía embotellar. Que un
hogar sin troja donde suceder, se pudría, como todo lo que se dejaba a
la intemperie. Que cuatro horcones y ocho palmas equivalían a la cuota
inicial de la ilusión. Y que le fascinaba ver casas vivas: esas que le
retoñan cuartos a medida que la familia crece.
«Empiezan como chozas y concluyen como palacios», indicaba.
Odiaba con el alma las flores artificiales y los gatos de porcelana,
porque eran inventos que atentaban contra la ternura. Jamás toleró las
camas de hierro. Y no gustaba de las viviendas sin patios. «Las bóvedas
se hicieron para los difuntos», declaraba.
Como estimaba que una casa debía ser el universo al alcance de la mano y
el deseo, en la suya nunca faltó un reloj, un diccionario, un frasco de
Curarina, cuatro bolas de naftalina, una mata de ruda, un billete de
lotería, un crucifijo, cuatro onzas de sal, una caja de fósforos, una
lámpara, una aguja, un limonero, una tinaja y un mortero.
Mientras que el zarzo personal del abuelo estaba surtido con semillas de
guayacán, guayaba, aguacate y zapote, un anzuelo, una piedra de amolar,
una navaja y un almanaque Bristol.
Nos explicaba la vieja que la noche que se metió en la hamaca de mi
abuelo, no le pidió amor porque sabía que la amaba, ni riquezas porque
quería tenerlo consigo todas las noches completas ni promesas de
fidelidad eterna porque la fidelidad era algo que había que merecer.
Únicamente le pidió compañía, por sobre todas las cosas. Y mi abuelo,
nos consta, le dio compañía. Se volvió cangrejo de un solo hueco y
comensal de un mismo mesón.
Años más tarde, peregrino, sondé la palabra Compañía y quedé perplejo
cuando descubrí que las entrañas latinas de este concepto son cum y
panis, cuyo significado es pan que se comparte.
Un peldaño más abajo, sorprendí otro término mágico: Comunión, que literalmente es comer en unión.
Como has de suponer, estos hallazgos me condujeron de inmediato a la
mesa de roble de mi abuela. Una mesa que jamás, ni siquiera en el trance
de las mudanzas, consintió que fuera puesta con las patas hacia arriba,
porque convocaba la mala suerte.
Cuando la familia recibió las visitas sin anuncio de las desgracias, la
abuela también estuvo ahí, invencible, con su cucharón de palo, esa vara
mágica que en momentos de naufragio le servía de remo. Para
corroborarlo, un ejemplo.
Una tarde del año 47, el abuelo apareció en la puerta con la mano
izquierda colgándole de una tira de piel a causa de un machetazo
impreciso que se asestó cuando cortaba un mazo de hierba para su yunta
de bueyes. Y, naturalmente, para un hombre de su temple, que juzgaba al
machete y al garabato como símbolos de la libertad, aquel cercenamiento
constituía un desastre.
Las posibilidades de restauración eran mínimas. Un practicante de
medicina le encabezó las venas, le acomodó los huesos del carpo, le
cosió la mano y, con más pericia que ciencia, le recomendó inmovilidad
total.
En consecuencia, el abuelo, abatido, atribulado por el manco futuro que
había de esperarle, hizo lo mismo que los pájaros de canto cuando tienen
un ala partida: decidió matarse de hambre. No contaba con la abuela. La
vieja, solidaria con su dolor pero feroz con su candidez, fue a la
cocina y atacó su desaliento en el lugar preciso: el estómago.
Le removió las vísceras con el aroma de sus menestras a fuego lento. Le
cuarteó el alma con el estrépito de los cocos que rompía con destino al
arroz. Le exacerbó la codicia con las emanaciones del dulce de ciruelas
en punto de almíbar. Y le irritó el hígado con los espíritus revueltos
del café hirviendo, las caribañolas acabadas de fritar y las mazorcas
biches sobre el asador.
Fue un milagro rápido. A las cuatro horas de tortura al viejo le
explotaron las ganas de morir y mandó al carajo la tristeza con su fecha
de expiración.
Así era la abuela, peregrino. Así defendía a los seres que amaba. A ella
ningún remolino veranero pudo arrancarle la ropa que tendía en los
alambres.
Recuerdo que el principal mandamiento de la familia estaba escrito
detrás de un portón. Un mensaje que había sido grabado con tizones para
que fuera perpetuo: «Que a esta casa jamás entre la guerra». Y aunque te
parezca increíble, esa ley nunca fue quebrantada.
Cuando la vieja estimaba que sus cantaletas eran irrefrenables se
lanzaba al patio y empezaba a ventear, primero en susurro y después a
todo pulmón, sus largos y temidos memoriales de agravios, que no dejaban
olla sin destapar.
Esa era su forma de arrancarse las espinas del corazón. El abuelo era
al revés. Cuando le sofocaban la paciencia, optaba por silencios
irrompibles, tomaba su hamaca a rayas, la colgaba bajo los nísperos y
empezaba a digerir su cólera.
Pero siempre supimos que cuando regresaban a la sala, estaban en paz, como si nada.
El imperio de estos dulces viejos comenzaba allí donde concluía la ciencia de papá y mamá.
Si papá me enseñó a bajar luceros para que ningún puyazo del azar
pudiera vaciarme el corazón, mi abuelo me enseñó a distinguir los
luceros frescos de los empollados para que no perdiera el tiempo dando
esperanzas hueras.
Y si mamá me enseñó que cuando los dolores se dividen entre dos los
gritos se vuelven arrullos, la abuela me enseñó que donde duermen dos
duermen siete porque cerrada la puerta todo es cama.
Todavía recuerdo las máximas de tenor amoroso con que mis abuelos acostumbraban lijar a tío Bautista, el bordón de sus hijos.
«Aprende a amar _le exhortaba la abuela_. Dios castiga a los hombres que
no saben adobar a una mujer. Ustedes son felices cuando una mujer les
da de comer el alma porque el amor les entra por la boca. Nosotras somos
dichosas cuando un hombre, mientras come, nos dice linduras porque el
amor nos entra por los oídos».
Y subrayaba: «Aprende a amar si quieres ser feliz. Las mujeres de estos
tiempos ya no están dispuestas a morirse sin saber lo que es un orgasmo,
ni a disimular su apetito sexual sembrando matas exóticas, ni mucho
menos a matarse el tigre de las ganas con el trinche de la mano. Ve que
te lo digo. Si eres capaz de regalarle sus cinco minutos de cielo, como
debe ser, una mujer te entregará la tierra toda su vida. Por una
sencilla razón. Las mujeres siempre hemos tenido mejor abono para los
sentimientos que los hombres. El amor nos hincha. Nuestros afectos y
desafectos son más auténticos. Como enemigas somos hienas. Como amantes,
unas palomas. Y como madres, unas perras».
Como ves, peregrino, estamos ante el retrato de una mujer que fue
terriblemente sincera, casi cruel, como un espejo, pero tierna.
Mi prima Aidé y su marido sostienen que la abuela es la culpable de su
felicidad conyugal, por el consejo que les dio el día de su boda:
«Recuerden que el corazón se llena de arena cuando se echan polvos
huérfanos de amor».
Siempre estuvo enamorada de su viejo.
Le encantaba decir que la mejor decisión de su vida había sido enredar su rosa en el alambre de púas de mi abuelo.
Fueron marido y mujer durante sesenta y un años. Desde el año 38 hasta
su muerte, en el 99, pues la muerte era la única cosa de este mundo que
podía estrangular su historia de amor.
Mi abuela amaba tanto vivir que la muerte tuvo que apagarla por partes.
Un primer ataque de trombosis le mató todo lo que tenía en el lado de
estribor. Incluso la voz. Por eso el abuelo aceleró la despedida
soplándole al oído un chiste grande que la hizo palmotearse un muslo, a
manera de celebración.
Luego el viejo le encimó un trozo de candor que nos sacudió a todos:
_Discúlpame los ratos de hambre _le dijo.
La abuela intentó sonreír, estiró la mano que le quedaba viva y mamá le dio una pizarra de cartón con una tiza.
_«¡Imposible! _escribió con la garra izquierda_. Esos momentos de amor es todo lo que me queda. Y pienso llevarlos conmigo».
Auténtica hasta el final. Porque ella casi consideró nuestra pobreza
como una virtud. Un aforismo guisado en sus fogones pinta esta
convicción: «Quien no ha tomado sopa de huesos, no conoce el exquisito
sabor del tuétano».
A medianoche tuvo un segundo ataque de trombosis que le mató el resto
del cuerpo, le quemó las retinas y creo que la dejó sorda. Sus últimos
quince días los pasó así, en coma profundo. Sueño de muerte que quisimos
espantarle, levantándola a balazos de oxígeno, guiados por la torpe
certidumbre de que mientras respirara, era nuestra. Esfuerzo inútil.
La vieja se acabó cuando aspiraba el oxígeno de la bala número catorce.
Eran las cinco de la mañana del 12 de noviembre del 99. Había que admitirlo. La legendaria Olga Fernández era mortal.
Ese día empezó a ser tarde para muchas cosas.
Al abuelo le quedó el aroma de sus caldos entre los dedos. Daba lástima.
Pues no era de alambre ni tenía púas. Por la mañana salía al patio y se
ponía a mirar el suelo, como abrigando la secreta esperanza de que la
vieja regresaría transfigurada en matica de llantén o mariposa.
Permanecía siglos viendo cómo las brisas deshilachaban una nube o
siguiendo paso a paso el lento cortejo de las lagartijas sobre las matas
de Buenas tardes. A las dos o tres horas de contemplación, cuando
juzgaba que la cópula era inaplazable, dirigía los ojos hacia otras
criaturas y se ponía a llorar.
Todo le recordaba a la vieja. Todo.
Sin embargo, quiénes temimos que el abuelo no soportaría la primera
semana de ausencia, nos equivocamos. A los quince días, ya la llaga viva
del adiós tenía costra. Y al mes, hubo necesidad de motilarlo, porque
el pelo le crecía en abundancia.
Aún llora, pero me consta que ya se le cuelan sonrisas.
Y no puede ser de otro modo, peregrino. A él la vieja le enseñó, primero
que a nosotros, que siempre hay callejones felices. Siempre. Basta
secar los ojos para verlos.
Hasta aquí llega esa película vieja que protagoniza mi abuela. A primera
vista es un rollo triste porque finaliza en soledad. Más no te
equivoques, viajero.
Esa aparente soledad es la espuma que cubre los bordes de la copa.
Debajo está el elixir. Porque en eso se convierten todas las abuelas del
mundo. En extracto de vida en algún lugar del alma o del corazón.
Es cierto que las abuelas mueren, pero para volverse hadas madrinas. Y
ya sabemos que a las hadas madrinas no las mata la muerte sino el
olvido.
¿Cómo puede morir una mujer que parió siete hijos, vio nacer cincuenta y
dos nietos y arrulló a ciento cuarenta y cinco bisnietos?
En lo que a mí concierne, siempre la recordaré como la mujer que me enseñó que la palabra familia tiene aromas.
Que huele a guiso de carne, a calostro de madre primeriza, a aliento de
canela en rama, a tierra mojada, a maduro mango de azúcar y a sábana
sudada.
Y puedes comprobarlo, peregrino.
Ninguna enciclopedia del mundo te dice que la palabra familia huele.
_Tienes razón, cuentero _subrayó Baltasar, conmovido_. Ninguna enciclopedia lo dice.
Bella mujer tuviste por abuela. Bella mujer. (Tomado del Libro «Baltasar, el hombre que vendía luceros»
(Colombia, 2000), del escritor colombiano Plinio Parra)
De joven, Emma Morano, se separó de su esposo y nunca volvió a casarse.
Esta semana, el libro Guinness de Récords confirmó que Emma Morano, una italiana de 116 años, es la persona más vieja del mundo.
Nacida el 29 de noviembre de 1899, es la única persona que queda en el mundo cuya vida abarca tres siglos, según la publicación.
En
un reportaje que le hizo el diario New York Times en 2015, Morano
atribuyó su larga vida a ser independiente pero, lo que más llamó la
atención fueron sus hábitos alimenticios.
La "supercentenaria" confirmó que come tres huevos al día, dos crudos y uno cocido. Lleva más de 90 años haciéndolo, desde que un médico se lo recomendó para tratar la anemia.
También complementa su consumo de proteína pura con porciones de carne molida cruda.
Disfruta además de la pasta y le gusta desayunarse con leche y galletas. Image copyrightAPImage caption
Su médico Carlo Bava la visita una vez por semana.
Contrario a lo que recomiendan los expertos en salud, Emma Morano come pocas verduras. Eso lo confirmó a la agencia AFP su médico Carlo Bava, que la visita una vez por semana.
Su predilección por el dulce se extiende a un chocolate de vez en cuando y puré de manzana y galletas de sobremesa.
Las amistades que la visitan muchas veces llegan con Colomba, una torta típica italiana rica en mantequilla y huevos, así como con Pannetone y Pandoro, postres navideños tradicionales.
Un vaso de brandy casero tampoco está de más.
Soltera e independiente
Pero Morano señaló que sus largos años también tienen que ver con haber vivido soltera e independiente durante mucho tiempo.
Nació
en el pueblo de Civiasco, en la región de Piamonte en el norte de
Italia, el mismo año en que Guglielmo Marconi trasmitió la primera señal
de radio a través del Canal de la Mancha, 1899. Image copyrightAFPImage caption
Emma Morano es la única persona que queda en el mundo que nació en el siglo XIX.
Una de ocho hijos, tuvo tres hermanos y cuatro hermanas a quienes sobrevivió.
Su gran amor no regresó de la Primera Guerra Mundial y, en 1926, se casó con otro hombre que resultó ser violento. Tuvieron un hijo que murió en la infancia.
Infeliz, en 1938 abandonó a su esposo, una acción poco común en una Italia influida por la iglesia Católica.
Tuvo que trabajar en una fábrica de hacía sacos de yute y, luego, de cocinera.
Aseguró que, después de su separación, tuvo muchos pretendientes pero nunca más volvió a casarse.
"No quise estar dominada por nadie", dijo al New York Times.
"Tan vieja como las montañas"
Cuando
le informaron que tenía el récord de la persona más longeva del mundo,
declaró: "¡Caramba! Soy tan vieja como las montañas".
No obstante, "está muy contenta" con el título, dijo Rosi Santoni, una familiar que cuida de la anciana. Image copyrightAPImage caption
Morano reemplazó como la persona más vieja a
Susannah Mushatt Jones, quien también disfrutaba de huevos... y
tocineta.
Santoni comentó al diario británico The Telegraph, que Morano está en buena salud, considerando su edad y se mantiene muy positiva.
Tiene una vida social limitada, no sólo porque no oye ni ve muy bien, sino porque "todos sus amigos están en el cementerio".
Hace muchos años no sale de su casa porque se cansa rápidamente pero toma una siesta durante el día.
Emma Morano asumió el título de persona más vieja tras la muerte en Nueva York, en mayo 13, de Susannah Muchatt Jones.
¿Y a qué le atribuía Jones su larga vida?: a huevos con tocineta, entre otras cosas.