jueves, 19 de mayo de 2016

Así es como lucen las Princesas de DISNEY en su VEJEZ

¿Alguna vez has imaginado qué paso con tus princesas favoritas de Disney? ¿Cuál fue su historia detrás del: “Y vivieron felices para siempre”? Pues la artista visual e ilustradora Loryn Brantz decidió imaginarse a las princesas como lucirían muchos años después y además creó una historia de lo que había sucedido durante la vida de estos personajes.

1. Jasmín

Princesa Jasmín Princesa Jasmín anciana
Dato curioso: Jasmín y Aladdín tuvieron cuatro hijos, dos niños y dos niñas. Sus hijos ahora son encargados de varias organizaciones benéficas.

2. Mulán

Mulan Mulan de anciana
Dato curioso: Mulán ahora es embajadora de China.

3. Ariel

La sirenita

Ariel, la sirenita de anciana  

4. Aurora

Aurora, la bella durmiente Aurora anciana
Dato curioso: Después de su retiroAurora se fue a vivir de nuevo a la cabaña de sus hadas madrinas, junto con el príncipe Felipe. Tienen 10 nietos, que se refieren a ella como “Nana Roro”.

5. Bella

Bella, La bella y la bestia Bella de anciana
Dato curioso: Bella decidió abrir la biblioteca de Bestia al público. Ella la dirige.

6. Cenicienta

La cenicienta Cenicienta de anciana
Dato curioso: Cenicienta y el príncipe Encantador ahora viven en una granja en Vermont. Cenicienta aún prefiere la compañía de los ratones a la de los seres humanos.

7. Tiana

Tiana, la princesa y el sapo Tiana de anciana
Dato curioso: Tiana abrió su propio restaurante, y es muy popular. Ella aún cocina sus famosos buñuelos para sus clientes los fines de semana.

8. Meg

Meg, de Hércules Cementerio
Dato curioso: Lamentablemente Meg murió poco después de filmar Hércules. Una ligera brisa la hizo volar fuera del Monte Olimpo. D.E.P.



(Tomado de http://www.okchicas.com)

Recetas de las Abuelas Cocineras

 PAN DE CARNE para personas mayores



Ingredientes (para 4 porciones)
400 g de carne picada magra
2 cebollas de verdeo picadas
2 huevos (Un batido y el otro duro)
Perejil, orégano, nuez moscada, sal y pimienta
40 g de pan rallado
200 g de tomates pelados y sin semillas
2 cucharadas de queso Cheddar bajas calorías en hebras.
Procedimiento
Mezclar la carne picada con el perejil, orégano, el queso en hebras, 1 huevo batido, sal, pimienta, nuez moscada y la cebollas picadas con parte de sus tallos, incorporar el pan rallado y los tomates triturados.
Dar la forma característica, colocando en el medio el huevo duro restante cortado en cuartos. Cocinar en una asadera con un poco de caldo en horno moderado.
Y buen provecho.

(Tomado del Blog Vejez y Vida)

Cuentos: LA ABUELA

Por: Plinio Parra. Escritor colombiano
Para el viejo Luis
Y pasando Baltasar por Algarrobo, a orillas del río Ariguaní, vio a un hombre meditando bajo un guayacán.
_¿Quién va? _le preguntó el hombre.
_Baltasar, el peregrino, hombre de paz. Y vos, ¿quién eres y qué haces?
_Juan de Ribalta es mi nombre y cuentero soy. Visito el lugar donde fue sembrado el cuerpo de mi abuela, mujer admirable.
Hazme compañía un momento y te contaré su historia.
Y sentándose Baltasar sobre una piedra, le dijo:
_Os escucho, cuentero.
Y dijo Juan de Ribalta:
_Has de saber que quien ahí yace fue la reina de mi clan. ¡Y ocurre algo fantástico, peregrino! Cada vez que mi lengua invoca la palabra familia, la vieja resucita en mis entrañas.
Siempre la sorprendo en la cocina, con su eterno cetro de reina universal entre las manos. Un cucharón de palo. Con ese instrumento de poder la vi ejercer su gobierno sobre el mundo. Triturar fríjoles cabecita negra para espesar la sopa. Señalar linderos entre el bien y el mal. Otorgar responsabilidades. Conferir honores. Espantar los patos de la hornilla. Acomodar las brasas en el anafe. Voltear los pescados fritos. Sacar las presas del caldero. Llamarnos, despedirnos y ampararnos.
En fin, con ese cucharón entre las manos la vi salvando nuestro destino, endulzándonos los sinsabores y enseñándonos a vivir. Su trono estaba en la cocina. Según ella, es ahí donde palpita el corazón de todo imperio familiar.
Decía que bastaba que un hombre y una mujer asaran sus carnes en la misma parrilla para que hubiera matrimonio. Y creo que tenía razón, peregrino, porque entre más me refundo en los remotos orígenes de la planta familiar, más me tropiezo con sus condimentos filosóficos.
Cuando escarbé las raíces del vocablo Hogar me quemé las manos en su hornilla, porque Fogata fue la voz matriz que engendró y dio a luz los términos hogar, hoguera y hogareño.
Fíjate que aún mi abuelo, cada vez que hace referencia a los viejos tiempos de nuestra vereda, expresa que era un pueblo de treinta y tres fogones. Lo que trasladado significa treinta y tres hogares.
Como la abuela jamás supo ser nada diferente a ama de casa, siempre utilizó los vaivenes cotidianos para espolvorearnos sus pizcas de ciencia y cocernos a fuego lento con sus criterios. Segura, como nadie, de que es el calor de la gallina lo que convierte a los huevos en pollos.
Entre mi patrimonio espiritual, sin duda, se hallan sus exquisitas apologías sobre la mesa, elemento del ajuar doméstico que consideraba más importante que el mismo lecho.
_La mesa es un altar _preconizaba_. Donde se come, se ama.
Recuerdo que una vez mamá cometió la candidez de controvertir esta opinión y la abuela despedazó su argumento con un cálculo de matemática elemental. «Saca cuentas, hija mía _le dijo_. El comedor es el sitio donde el amor nunca fracasa. En él se echan tres polvos diarios de quince minutos de extensión cada uno, todos los días, hasta la muerte. Y lo mejor es que, entre más viejo se es, más duran las cópulas. Pero con la cama sucede lo contrario. En ella se duerme cada vez más hasta que un día el sueño amanece llamándose muerte».
Quizá por eso acostumbraba decirnos que no hiciéramos el amor sin antes haber comido, porque era de mal agüero usar la cama primero que la mesa. Y nos explicaba: «Cuando un hombre y una mujer se devoran a sí mismos como si ellos fueran la cena, después del coito, sólo hay espacio para el adiós».
Sostenía que un hogar era un sentimiento que se debía embotellar. Que un hogar sin troja donde suceder, se pudría, como todo lo que se dejaba a la intemperie. Que cuatro horcones y ocho palmas equivalían a la cuota inicial de la ilusión. Y que le fascinaba ver casas vivas: esas que le retoñan cuartos a medida que la familia crece.
«Empiezan como chozas y concluyen como palacios», indicaba.
Odiaba con el alma las flores artificiales y los gatos de porcelana, porque eran inventos que atentaban contra la ternura. Jamás toleró las camas de hierro. Y no gustaba de las viviendas sin patios. «Las bóvedas se hicieron para los difuntos», declaraba.
Como estimaba que una casa debía ser el universo al alcance de la mano y el deseo, en la suya nunca faltó un reloj, un diccionario, un frasco de Curarina, cuatro bolas de naftalina, una mata de ruda, un billete de lotería, un crucifijo, cuatro onzas de sal, una caja de fósforos, una lámpara, una aguja, un limonero, una tinaja y un mortero.
Mientras que el zarzo personal del abuelo estaba surtido con semillas de guayacán, guayaba, aguacate y zapote, un anzuelo, una piedra de amolar, una navaja y un almanaque Bristol.
Nos explicaba la vieja que la noche que se metió en la hamaca de mi abuelo, no le pidió amor porque sabía que la amaba, ni riquezas porque quería tenerlo consigo todas las noches completas ni promesas de fidelidad eterna porque la fidelidad era algo que había que merecer. Únicamente le pidió compañía, por sobre todas las cosas. Y mi abuelo, nos consta, le dio compañía. Se volvió cangrejo de un solo hueco y comensal de un mismo mesón.
Años más tarde, peregrino, sondé la palabra Compañía y quedé perplejo cuando descubrí que las entrañas latinas de este concepto son cum y panis, cuyo significado es pan que se comparte.
Un peldaño más abajo, sorprendí otro término mágico: Comunión, que literalmente es comer en unión.
Como has de suponer, estos hallazgos me condujeron de inmediato a la mesa de roble de mi abuela. Una mesa que jamás, ni siquiera en el trance de las mudanzas, consintió que fuera puesta con las patas hacia arriba, porque convocaba la mala suerte.
Cuando la familia recibió las visitas sin anuncio de las desgracias, la abuela también estuvo ahí, invencible, con su cucharón de palo, esa vara mágica que en momentos de naufragio le servía de remo. Para corroborarlo, un ejemplo.
Una tarde del año 47, el abuelo apareció en la puerta con la mano izquierda colgándole de una tira de piel a causa de un machetazo impreciso que se asestó cuando cortaba un mazo de hierba para su yunta de bueyes. Y, naturalmente, para un hombre de su temple, que juzgaba al machete y al garabato como símbolos de la libertad, aquel cercenamiento constituía un desastre.
Las posibilidades de restauración eran mínimas. Un practicante de medicina le encabezó las venas, le acomodó los huesos del carpo, le cosió la mano y, con más pericia que ciencia, le recomendó inmovilidad total.
En consecuencia, el abuelo, abatido, atribulado por el manco futuro que había de esperarle, hizo lo mismo que los pájaros de canto cuando tienen un ala partida: decidió matarse de hambre. No contaba con la abuela. La vieja, solidaria con su dolor pero feroz con su candidez, fue a la cocina y atacó su desaliento en el lugar preciso: el estómago.
Le removió las vísceras con el aroma de sus menestras a fuego lento. Le cuarteó el alma con el estrépito de los cocos que rompía con destino al arroz. Le exacerbó la codicia con las emanaciones del dulce de ciruelas en punto de almíbar. Y le irritó el hígado con los espíritus revueltos del café hirviendo, las caribañolas acabadas de fritar y las mazorcas biches sobre el asador.
Fue un milagro rápido. A las cuatro horas de tortura al viejo le explotaron las ganas de morir y mandó al carajo la tristeza con su fecha de expiración.
Así era la abuela, peregrino. Así defendía a los seres que amaba. A ella ningún remolino veranero pudo arrancarle la ropa que tendía en los alambres.
Recuerdo que el principal mandamiento de la familia estaba escrito detrás de un portón. Un mensaje que había sido grabado con tizones para que fuera perpetuo: «Que a esta casa jamás entre la guerra». Y aunque te parezca increíble, esa ley nunca fue quebrantada.
Cuando la vieja estimaba que sus cantaletas eran irrefrenables se lanzaba al patio y empezaba a ventear, primero en susurro y después a todo pulmón, sus largos y temidos memoriales de agravios, que no dejaban olla sin destapar.
Esa era su forma de arrancarse las espinas del corazón.  El abuelo era al revés. Cuando le sofocaban la paciencia, optaba por silencios irrompibles, tomaba su hamaca a rayas, la colgaba bajo los nísperos y empezaba a digerir su cólera.
Pero siempre supimos que cuando regresaban a la sala, estaban en paz, como si nada.
El imperio de estos dulces viejos comenzaba allí donde concluía la ciencia de papá y mamá.
Si papá me enseñó a bajar luceros para que ningún puyazo del azar pudiera vaciarme el corazón, mi abuelo me enseñó a distinguir los luceros frescos de los empollados para que no perdiera el tiempo dando esperanzas hueras.
Y si mamá me enseñó que cuando los dolores se dividen entre dos los gritos se vuelven arrullos, la abuela me enseñó que donde duermen dos duermen siete porque cerrada la puerta todo es cama.
Todavía recuerdo las máximas de tenor amoroso con que mis abuelos acostumbraban lijar a tío Bautista, el bordón de sus hijos.
«Aprende a amar _le exhortaba la abuela_. Dios castiga a los hombres que no saben adobar a una mujer. Ustedes son felices cuando una mujer les da de comer el alma porque el amor les entra por la boca. Nosotras somos dichosas cuando un hombre, mientras come, nos dice linduras porque el amor nos entra por los oídos».
Y subrayaba: «Aprende a amar si quieres ser feliz. Las mujeres de estos tiempos ya no están dispuestas a morirse sin saber lo que es un orgasmo, ni a disimular su apetito sexual sembrando matas exóticas, ni mucho menos a matarse el tigre de las ganas con el trinche de la mano. Ve que te lo digo. Si eres capaz de regalarle sus cinco minutos de cielo, como debe ser, una mujer te entregará la tierra toda su vida. Por una sencilla razón. Las mujeres siempre hemos tenido mejor abono para los sentimientos que los hombres. El amor nos hincha. Nuestros afectos y desafectos son más auténticos. Como enemigas somos hienas. Como amantes, unas palomas. Y como madres, unas perras».
Como ves, peregrino, estamos ante el retrato de una mujer que fue terriblemente sincera, casi cruel, como un espejo, pero tierna.
Mi prima Aidé y su marido sostienen que la abuela es la culpable de su felicidad conyugal, por el consejo que les dio el día de su boda: «Recuerden que el corazón se llena de arena cuando se echan polvos huérfanos de amor».
Siempre estuvo enamorada de su viejo.
Le encantaba decir que la mejor decisión de su vida había sido enredar su rosa en el alambre de púas de mi abuelo.
Fueron marido y mujer durante sesenta y un años. Desde el año 38 hasta su muerte, en el 99, pues la muerte era la única cosa de este mundo que podía estrangular su historia de amor.
Mi abuela amaba tanto vivir que la muerte tuvo que apagarla por partes. Un primer ataque de trombosis le mató todo lo que tenía en el lado de estribor. Incluso la voz. Por eso el abuelo aceleró la despedida soplándole al oído un chiste grande que la hizo palmotearse un muslo, a manera de celebración.
Luego el viejo le encimó un trozo de candor que nos sacudió a todos:
_Discúlpame los ratos de hambre _le dijo.
La abuela intentó sonreír, estiró la mano que le quedaba viva y mamá le dio una pizarra de cartón con una tiza.
_«¡Imposible! _escribió con la garra izquierda_. Esos momentos de amor es todo lo que me queda. Y pienso llevarlos conmigo».
Auténtica hasta el final. Porque ella casi consideró nuestra pobreza como una virtud. Un aforismo guisado en sus fogones pinta esta convicción: «Quien no ha tomado sopa de huesos, no conoce el exquisito sabor del tuétano».
A medianoche tuvo un segundo ataque de trombosis que le mató el resto del cuerpo, le quemó las retinas y creo que la dejó sorda. Sus últimos quince días los pasó así, en coma profundo. Sueño de muerte que quisimos espantarle, levantándola a balazos de oxígeno, guiados por la torpe certidumbre de que mientras respirara, era nuestra. Esfuerzo inútil.
La vieja se acabó cuando aspiraba el oxígeno de la bala número catorce.
Eran las cinco de la mañana del 12 de noviembre del 99. Había que admitirlo. La legendaria Olga Fernández era mortal.
Ese día empezó a ser tarde para muchas cosas.
Al abuelo le quedó el aroma de sus caldos entre los dedos. Daba lástima. Pues no era de alambre ni tenía púas. Por la mañana salía al patio y se ponía a mirar el suelo, como abrigando la secreta esperanza de que la vieja regresaría transfigurada en matica de llantén o mariposa. Permanecía siglos viendo cómo las brisas deshilachaban una nube o siguiendo paso a paso el lento cortejo de las lagartijas sobre las matas de Buenas tardes. A las dos o tres horas de contemplación, cuando juzgaba que la cópula era inaplazable, dirigía los ojos hacia otras criaturas y se ponía a llorar.
Todo le recordaba a la vieja. Todo.
Sin embargo, quiénes temimos que el abuelo no soportaría la primera semana de ausencia, nos equivocamos. A los quince días, ya la llaga viva del adiós tenía costra. Y al mes, hubo necesidad de motilarlo, porque el pelo le crecía en abundancia.
Aún llora, pero me consta que ya se le cuelan sonrisas.
Y no puede ser de otro modo, peregrino. A él la vieja le enseñó, primero que a nosotros, que siempre hay callejones felices. Siempre. Basta secar los ojos para verlos.
Hasta aquí llega esa película vieja que protagoniza mi abuela. A primera vista es un rollo triste porque finaliza en soledad. Más no te equivoques, viajero.
Esa aparente soledad es la espuma que cubre los bordes de la copa. Debajo está el elixir. Porque en eso se convierten todas las abuelas del mundo. En extracto de vida en algún lugar del alma o del corazón.
Es cierto que las abuelas mueren, pero para volverse hadas madrinas. Y ya sabemos que a las hadas madrinas no las mata la muerte sino el olvido.
¿Cómo puede morir una mujer que parió siete hijos, vio nacer cincuenta y dos nietos y arrulló a ciento cuarenta y cinco bisnietos?
En lo que a mí concierne, siempre la recordaré como la mujer que me enseñó que la palabra familia tiene aromas.
Que huele a guiso de carne, a calostro de madre primeriza, a aliento de canela en rama, a tierra mojada, a maduro mango de azúcar y a sábana sudada.
Y puedes comprobarlo, peregrino.
Ninguna enciclopedia del mundo te dice que la palabra familia huele.
_Tienes razón, cuentero _subrayó Baltasar, conmovido_. Ninguna enciclopedia lo dice.
Bella mujer tuviste por abuela. Bella mujer.
(Tomado del Libro «Baltasar, el hombre que vendía luceros»
(Colombia, 2000), del escritor colombiano Plinio Parra)


(Tomado del blog Vejez y Vida)

martes, 17 de mayo de 2016

La increíble dieta de la mujer más longeva del mundo

jueves, 28 de abril de 2016

A los 100 años corre por su vida





a los 100 años corre por su vida
Ida Keeling, una mujer de 100 años que un Domingo por la tarde se amarra las trenzas de sus Zapatos deportivos para salir a correr en el Bronx . Su llegada pasa desapercibida, al parecer ya todos están acostumbrados a verla entrenar.
Es posible que los expectadores estén distraídos con las chicas que jugaban un partido de futbol en el campo. O tal vez, que simplemente no saben que ella es campeona nacional.
Cuando ella corre, ocupa un carril para ella sola. Ella tiene varios récords desde que comenzó a correr en los 60, y sigue siendo hoy en día la mujer que tiene el registro más rápido entre mujeres de 95 a 99 años en los 60 metros: 29,86 Segundos.
En la semana que sigue ella planea competir en un evento de 100 metros en Philadelphia, donde espera establecer un nuevo estándar para mujeres mayores a los 100 años de edad.
Ida comenta que ella no es una de esas personas mayores que se queda sentada mirando el horizonte. El tiempo pasa, pero ella sigue en movimiento.
Ella no fue siempre una corredora. Como cualquier pequeña creciendo en el Bronx prefería saltar la cuerda o manejar bicicleta. Cuando corría era siempre para competir y nunca para ejercitar.
100 años
Dice que ella era muy rápida cuando niña, pero ahora lo que la hace más rápida es que todos los demás son más lentos.
Cuando la depresión atacó tuvo que dejar el atletismo en el olvido. Aprendió a soportar y a luchar durante ese difícil periodo de tiempo. Esa época le enseño que las cosas debías lograrlas por ti mismo, que nadie lo iba a hacer por ti.
Su hija comenta que de su madre ha aprendido a que es mejor morir de pie que vivir de rodillas.
Luego de todos esos años rodeados de dificultades Keeling entendió que correr le daba serenidad. Y para mantener su salud se dio cuenta que debía comer para nutrirse y no solo por disfrutar del sabor de la comida, y obviamente el ejercicio era parte de su rutina diaria para mantenerse en forma

La señora Ida estirando
Hace entrenamientos que incluye flexiones de pecho, sentadillas, press de hombros y sprints dentro de su propio apartamento.
Con esto nos demuestra que no es necesario tener una suscripción en el gimnasio para poder entrenar. Tan solo necesita de sus zapatos deportivos y un espacio amplio para realizar los ejercicios que le toca.
La Señora Keeling vive sola y dice que ser auto-suficiente es la clave de su longevidad.
Dice que no le pide nada a nadie. Ella misma lava, cocina, plancha la ropa y va de compras. En su dieta ha descartado los productos procesados, favorece los granos frescos y limita sus porciones de carne. Los postres son escasos.
Son los pequeños cambios en la vida de la Señora Keeling lo que ha hecho la diferencia en su calidad de vida y de su salud.
Esto solo nos demuestra que nunca es tarde para comenzar. Sea que estés en tus 20, 30 o 60 años ponte el objetivo de cambiar tus hábitos y comenzar un mejor estilo de vida para verte y sentirte mejor.
Este articulo fue publicado originalmente en el New York Times

viernes, 22 de abril de 2016

Por que escogí este nombre para mi blog

 http://pics.filmaffinity.com/La_vieja_dama_indigna-242053872-large.jpg


En 1966, cuando veía muchas películas europeas que proyectaban asiduamente en los cines cubanos, vi el film francés con dicho nombre La vieja dama indigna, que trataba sobre Madame Bertini, una mujer de 70 años que enviuda tras toda una vida de abnegada servidumbre, primero como hija y después como esposa y madre, decide emprender una nueva vida y disfrutar de los placeres prohibidos hasta entonces, incluyendo sus nuevas amistades (una prostituta del barrio y un zapatero anarquista), todo ello para consternación de su remilgada familia.

Me gustó tanto que en aquel entonces siempre dije que yo queria ser como la señora aquella, claro que mi juventud, a decir verdad no tuvo semejanza a la protagonista de la historia.

 En el presente estamos parejas en edad, voy a cumplir 70 e hice este blog para asentar diversas cuestiones de interés, tanto para personas de la propia generación como a cualquiera que le pueda interesar. La vida de las mujeres en cualquier lugar del mundo tiene muchas aristas, y en algunas partes es bien dura. la discriminación, los maltratos toda una problemática amplia que merece hablar sobre ella. En la medida de mis posibilidades trataré de esas temáticas, y entre col y col, lechuga, incluiré asuntos de interés general femenino, que bien puede ser en el vestir, decoración y variados temas relajantes.

Ahora le doy más datos sobre el film, publicados en el blog Crónicas aldeanas.

l

La vieja dama indigna, de Rene Allio.

Basado en un cuento de Bertold Brecht, el director francés Rene Allio realizó "La vieja dama indigna" (1966)con la decana actriz Sylvie. El argumento se resume así: Una anciana, dedicada durante toda su vida al cuidado de su marido y de su hogar, enviuda, y sus hijos deciden pasarle entre todos una módica pensión. Al principio todo marcha perfectamente, pero pronto y ante la sorpresa e indignación de sus hijos, la señora empieza a cambiar de vida. Los hijos observan las extrañas amistades que hace su madre, viendo cómo se dedica a malgastar su pensión en lujos y placeres. La señora, que durante su larga vida al cuidado de su casa no se había dado cuenta de la existencia del mundo exterior, lo está gozando ahora que está totalmente libre. Los hijos, viendo cómo su dinero, reunido con enormes trabajos, es dispendiado de mala manera por la anciana, deciden hablar con ella para pedirle que actúe más cuerdamente. Sin embargo, el hijo de uno de ellos, que es enviado con este fin, no se atreve a decirle nada, puesto que su abuela es feliz. La vieja dama indigna muere con una sonrisa en los labios. Sus amigos desaparecen con todo lo que ella les había dejado. La vida vuelve a la normalidad en la familia. Este argumento tambien sugiere otras lecturas por constituir una alegoría que critica al consumismo, al machismo y otros males sociales. El espectador se hace cómplice de algun modo de la anciana y con la propuesta del filme de que la vida comienza cuando a uno le de la gana y no cuando los demas quieran.
La canción tema de Jean Ferrat "On ne voit pas le temps passer" le dió la vuelta al mundo por su indiscutible calidad.




Y si en algún momento tienen oportunidad de ver la película, no se la pieerdan, es especial para mujeres.




Por lo pronto cariños a todo el que llegue a visitar a esta Vieja dama indigna.





miércoles, 20 de abril de 2016

Fallecidos tres médicos cubanos en terremoto Ecuador

http://www.granma.cu/file/img/2016/04/medium/f0058501.jpg


El terremoto del pasado sábado en Ecuador de 7,8 grados en la escala , que afectó la costa norte del país, sobre todo en las provincias de Esmeralda y Manabí, y el cual provocó más de dos centenares de muertes,aún se están contabilizando, muestra en sus listas la pérdida de tres galenos cubanos que prestaban servicios solidarios en esa república latinoamericana.

En Ecuador se encuentran laborando 742 colaboradores de la Salud, de los cuales 59 lo hacen en la zona azotada por este desastre natural.  Tres de los que trabajaban en Pedernales, municipio de la provincia Manabí, se encontraban en un edificio que se derrumbó totalmente. Como parte de las labores de rescate y salvamento que se llevan a cabo, se recuperaron los cadáveres correspondientes a la Dra. Bárbara Caridad Cruz Ruiz, de 46 años, especialista de Medicina General Integral y Medicina Interna, de la provincia Villa Clara; el Dr. Leonardo Ortiz Estrada, de 53 años, especialista de Medicina General Integral, residente en Villa Clara, natural de Manzanillo, provincia Granma y el Dr. Eric Omar Pérez de Alejo Quesada, de 41 años, quien también es especialista de Medicina General Integral de la provincia Villa Clara, cuyos cuerpos se encuentran en conservación con el objetivo de ser trasladados a Cuba.

Todo el pueblo cubano lamenta el fallecimiento de estros médicos, y aunque dar pésames es un acto que reviste mucha tristeza, en especial para los familiares de las personas muertas, les enviamos a sus familias un abrazo para que sepan que sentimos su dolor.

De inmediato partieron desde la Isla los brigadistas médicos, especialistas en desastres, del equipo de la Henry Reeve, para socorrer a los pobladores de esas zonas. Los médicos cubanos que se encontraban en el área también estan en labores socorristas.


 Honores en Ecuador a médico cubanos fallecidos  (Tomado de lademajagua.cu)

 Quito-. Cubanos, ecuatorianos y miembros del cuerpo diplomático rindieron hoy aquí un homenaje a los tres médicos de la isla caribeña fallecidos en el terremoto que el sábado pasado devastó la costa noroccidental de Ecuador.
A ellos los recordaremos siempre como miembros del glorioso ejército de las batas blancas creado en su momento por nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro, expresó María Isabel Martínez, jefa de la brigada de profesionales de la salud destacados en la nación suramericana desde hace más de dos años.

En el solemne acto realizado en la embajada cubana en Quito, Martínez resaltó que los doctores Bárbara Caridad Cruz, de 46 años, Leonardo Ortiz, (53) y Eric Omar Pérez (41), todos especialistas en Medicina General Integral, quienes fallecieron el sábado pasado en la localidad de Pedernales, dejaron atrás a sus familias en Cuba para venir a servir al pueblo ecuatoriano.
De su lado, la legisladora María Augusta Calle, quien preside además la Coordinadora Ecuatoriana de Solidaridad con Cuba, transmitió las sentidas condolencias de sus compatriotas a los familiares de los fallecidos, y al pueblo y gobierno de la isla caribeña.
Sentimos un profundo dolor por tener que devolverles a tres combatientes que dejaron sus vidas en nuestro país, expresó Calle, quien visiblemente conmovida también leyó un acuerdo firmado por la presidenta de la Asamblea Nacional, Gabriela Rivadeneira, en el cual el órgano legislativo expresa su aflicción por la trágica muerte de los tres profesionales de la Salud.
El presidente de la Asociación de Cubanos Residentes en Ecuador, Rafael Nodarse, también transmitió el pesar que embarga a los miembros de esa organización por la desaparición física de sus compatriotas que de forma altruista llegaron a prestar sus servicios al pueblo ecuatoriano.
Juan Hernández, ministro consejero de la misión diplomática cubana aquí, agradeció el apoyo de las autoridades en el rescate de los cadáveres, y ratificó que los restantes 700 miembros de la brigada médica, junto al contingente de profesionales de la salud y rescatistas llegados desde Cuba en las últimas horas, seguirán trabajando con la misma dedicación de sus compañeros fallecidos.
Al homenaje asistieron una representación de cooperantes de la salud que laboran de forma permanente en la nación andina, familiares del fallecido pintor Oswaldo Guayasamín, integrantes de los comités ecuatorianos de solidaridad con Cuba, y los embajadores de Venezuela y Bolivia, Carol Delgado y Juan Enrique Jurado, respectivamente, así como representantes del ministerio de Salud Pública de Ecuador.
Los cadáveres serán repatriados a Cuba en las próximas horas, acompañados por los doctores Oneida Toirac y Jorge Luis Quintana, quienes laboraban en Pedernales junto con los tres fallecidos, y sobrevivieron al terremoto que dejó hasta el momento un saldo de 525 muertos, más de cuatro mil heridos y 231 desaparecidos.